La nueva película de Sean Baker, que ganó Cannes, es una comedia enfadosa y que juega con elementos al límite para entregarnos una historia que se aleja de lo edulcorado del cuento de la cenicienta y de todos sus derivados. Una especia de “Mujer Bonita” realista, despiada y visceral.
Anora (Mikey Madison) trabaja en un club donde hace bailes eróticos y otros menesteres sexuales. Una noche llega un joven ruso (Mark Eydelshteyn) que la contrata para que sea su novia por unos días y de ahí todo comienza a complicarse en la vida de Anora.
La película desde el comienzo nos recalca que no estamos frente a un producto edulcorado sobre el comercio sexual y el destino. Al contrario, se nos muestra como una bofetada directa, tanto así que Anora no escatima en naturalizar las situaciones sexuales, tanto al comienzo como en el medio de la relación que inicia con el joven ruso. No hay secuencias adornadas, al contrario, el sexo es parte fundamental de esa estructura narrativa donde el personaje de Anora hace su trabajo -o al menos eso es lo que la película nos da a entender- sin cuestionamientos morales o dudas. Son esas situaciones las que nos sitúan con gracias y esperanza, aunque por el tono de la cinta entendemos que estamos bien lejos de un cuento de hadas. Un juego que queda de manifiesto en varios diálogos (de los más sarcásticos sobre las historias Disney, pero que funcionan perfecto) y que se explicita entrada la segunda parte, dónde gira a la comedia más física, porque pareciera que Baker opta por ridiculizar un poco la situación, ya que de otra forma hubiese sido un momento insoportable.
Esta decisión, hace que «Anora» tenga ese brillo y esa frescura que nos hace avanzar en el relato sin detenernos en momentos y concentrarnos en el personaje más que en sus acciones. «Anora» es una cinta que juega con su estructura en todo momento pero que no deja que perdamos a su protagonista en dimensión y en empatía. Anora (o Anie como prefieren que la llamen) es exquisita en su imperfección, en sus malas decisiones, en sus malas palabras y en su aparente dimensionalidad. Es un personaje exquisito que puede llegar a ser insoportable e incluso incorrecto (sus insultos homófobos molestan), pero jamás es plano o inerte. Eso además gracias a una actuación perfecta de Mikey Madison, quien plasma cada sensación de Anora y la hace traspasar con una credibilidad impresionante.
«Anora» es una película de personaje, pero también provoca un arco que recorre a todos quienes se relacionan con ella en este episodio de su vida.
Una película compleja, de una perfección narrativa y con momentos muy logrados. Una apuesta original y arriesgada que funciona como un golpe directo a nuestros tiempos (tengo la duda sobre si “Anora” logrará pasar la prueba del tiempo, habrá que revisitarla en unos 5 años y ver). Es una imperdible de esta temporada.
(Foto captura de Youtube)