Normalizar, hasta que lo más terrible se haga cotidiano, una banalidad en medio de la costumbre. Eso nos plantea “Zona de interés”, la película de Jonathan Glazer ambientada en Auschwitz. Una cinta extraña, parsimoniosa, intensa, compleja y que se transforma en un imperdible.
La familia Hoss hace su vida en una hermosa casona. Una madre y un padre que intentan entregarle el mejor lugar a sus hijos e hijas. Todo transcurre sin contratiempos, los paseos familiares y la vida cotidiana. Hay un gran detalle, ellos viven junto al campo de concentración de Auschwitz en medio del Holocausto, cuando millones de personas eras asesinadas a solo pasos de su hogar.
Zona de interés no se centra en quienes están dentro del campo de concentración, sino que en la familia que habita junto al cerco. Desde el inicio entendemos que la vida para ellos es normal, aunque viven siempre con la omnipresencia del horror (gritos, sonidos de balas, carreras y el humo de los hornos), pareciera que eso no los afecta.
Las decisiones de Glazer son osadas. Apuesta por hacernos testigos de esa banalización sin estridencias, casi como si fuéramos cómplices de esa banalización. Es ahí donde la cinta tiene sus mayores logros, hacernos cuestionar todo. Cómo la humanidad es capaz de normalizar hasta lo más terrible e integrarlo a nuestra vida. ¿Son los Hoss unos monstruos? Es una pregunta que surge al ver que no existe compasión en ninguno de sus actos, pero tampoco culpa o sentido de maldad. Es simplemente normal. Eso lo hace más terrible porque nosotros sabemos lo que ocurre a pocos metros.
Zona de interés es una cinta complejísima. Apuesta por los detalles y su ritmo pausado puede alejar a algunos, pero lo cierto es que es una apuesta arriesgada, de una belleza extraña. Sus encuadres, su puesta en escena y la opción de ponernos como espectadores la hace un acierto total en estética y dirección.
Es de esas películas que apuestan por la forma y el uso perfecto de los elementos puramente cinematográficos (encuadre, sonido, color y otros elementos narrativos), sin hacer concesiones de ritmo. Una cinta necesaria, intensa y que provoca una profunda reflexión sobre la maldad (o bondad) del ser humano y de cómo somos capaces obviar hasta lo menos obviable.
La secuencia final es reveladora y devastadora. Simplemente una obra de arte que provoca y mucho.
Es de esas películas imperdibles, pero difíciles.
Foto: captura de Youtube